El primer trabajo.

Hacía poco que había dejado de estudiar y necesitaba encontrar urgentemente un trabajo, supongo que por eso me fijé en el papelito naranja que había pegado en una farola el cual rezaba así : “Se buscan teleoperadores para trabajar una semana”. Y me decidí a llamar. Al final no fue una sino tres, una de ellas el curso de formación o mejor sería definirlo como deformación o desinformación, porque una vez acabado el curso, lo único que resonaban en mi cerebro eran las frases: “No os preocupéis, todo va a ser maravilloso. Sólo os vais a encargar de lo que os hemos explicado. Es muy importante ser educado, aunque no sepáis hacer nada, ante todo educación. Y si es necesario poner un tono que podría catalogarse en otro tipo de llamadas, pues se pone. Por algo continúan existiendo las líneas eróticas”.

El primer día a primera hora no llamaba nadie, me relajé. Eso estaba bien, cobrar por tener un pinganillo en la oreja sin hacer nada. Pero de pronto comenzaron las llamadas, ninguna tenía relación con lo que habíamos visto en el curso. Me entraron ganas de levantarme e irme, de hecho me puse en pie y cuando me disponía a abandonar la sala, escuché a un compañero que decía: “No sé si el fallo es suyo o nuestro. Pero jamás se le dio de baja y lleva todo este tiempo pagando y nadie le va a devolver el dinero. De todas formas está usted dentro del plazo, y yo, en cuarenta y ocho horas le solucionaré todos sus problemas…”. Al escuchar todas estas incongruencias y contradicciones de mi compañero, entendí que no era la única que se sentía perdida, confusa. Pero había que intentar realizar la tarea encomendada lo mejor posible. Por lo que me senté de nuevo, me coloqué el auricular y me dispuse a aceptar todo lo que viniera. Siempre hay un primer día para todo, pero en ese trabajo fueron diez, ya que nunca supimos hacer nada. La gente nos llamaba llorando, chillando y exigiendo soluciones inmediatas. Nosotros pensábamos que si supieran lo poco que podíamos hacer por ellos, ni se habrían molestado en llamar y se habrían dedicado a actividades más productivas como tirar migas de pan a las palomas, rellenar un cuadernillo rubio de ortografía o intentar averiguar por qué hay ocho letras de la RAE que no tienen plaza académica.

El último día de trabajo, me paré de nuevo a escuchar las conversaciones de mis compañeros. Y escuché que estaban dando este tipo de mensajes: “Señora, yo sólo llevo aquí una semana y en el curso no me han explicado nada de esto” y también, “señor yo no soy el dueño de la compañía ni la voy a heredar, ni si quiera sé si me van a pagar algo”. 

Descubrimos en primera persona lo que siempre habíamos sospechado, que esto no iba a ser fácil. Y a costa de quienes hacen sus fortunas las grandes compañías, de los más necesitados, claro. Detrás de los gigantes siempre hay gente diminuta esforzándose, y pagando por todo lo que ellos hacen mal. 

Lo mejor de todo fue los amigos que hicimos, los momentos de risas compartidos y saber que siempre puedes salir, o al menos intentarlo, con dignidad de las situaciones más rocambolescas que te ofrecerá la vida. 

Encuentros en la primera fase.

El día que quedaron no sabía qué ponerse. Una camiseta con una fotografía de su director favorito podría dar lugar a equívocos. Resultaría todo más fácil si se tratara de una cita amorosa, se arreglaría para gustarle sin más. Pero el caso era muy diferente. Se conocieron en un foro de lectura y poco a poco introdujeron en sus conversaciones temas ajenos a la literatura, al menos a la escrita. Así fue como Sergio le contó que aunque era oriundo de otra ciudad, este año estaba trabajando en la misma que vivía ella. Acordaron tomar un café cuando las restricciones de la pandemia que estaban viviendo fueran más laxas. Ese día llegó y ella estaba nerviosa. Nunca en su vida había quedado con ningún desconocido. Pero la situación lo merecía. Llevaba muchos meses confinada, y para ella era extraño conocer a alguien a través de internet y después verlo en persona. Era algo parecido a una máquina del tiempo, del futuro al presente en este caso, o una especie de teletransportación instantánea igual que pasaba en la película que había visto la noche anterior: ”La Mosca”, aunque esperaba que Sergio no tuviera un aspecto tan espantoso. Sonrió al imaginar esa visión, que se presentara ante ella un híbrido con cabeza y brazo de mosca y partes de gato, resultaría de lo más emocionante. En realidad, ella también estaba explorando territorios desconocidos e iba a convertir la teoría en praxis, al igual que André, el científico protagonista de la aclamada película. Mientras no vomitara bioácidos todo estaría bien, concluyó con un ligero toque de humor. Se hallaba inmersa en estos pensamientos, que en realidad no eran más que dulces letanías para espantar el nerviosismo, cuando se dio cuenta de la mirada que lanzó él a su reloj inmediatamente después del momento en que le pidió una cerveza al camarero y no el sobrio, anodino y siempre circunspecto café que habían acordado tomar. Rápidamente, ella le hizo una observación irónica sobre este hecho: supongo que a estas horas de la tarde ya se podrá beber sin que sea delito. Aunque tras decirlo se dio cuenta de que aquella mirada furtiva a su reloj no era por un rechazo hacia su alcohólica bebida sino por calcular el tiempo que pasaría con ella. Midiéndolo cual relojero suizo, haciendo gala de su mejor y más preciso cronómetro. A pesar de todo no se arrepintió de aquel breve encuentro. Días después, cuando todavía se preguntaba qué había podido pasar para que huyera tan despavoridamente de su lado y no se dignara a dar una sólida excusa, ni a contestar sus mensajes, mientras se disponía a descansar frente a un café tras un duro día de trabajo, su móvil emitió un pitido con una rabiosa urgencia. Se trataba de un mensaje de texto de un amigo en común del foro literario que leyó al instante: “Sergio ha muerto, fue la tarde del viernes. Al parecer se empezó a encontrar mal de repente y se fue al hospital y esa misma noche falleció”. Leyó el mensaje muchas veces seguidas intentando interpretar su significado como si estuviera escrito en un idioma que fuera incapaz de entender, los ojos se le nublaron por las lágrimas, y los labios le temblaban cuando consiguió articular la frase: “La tarde del viernes…fue…aquella tarde”.

Todo es mentira.

Una mañana de mi infancia le pregunté a mi  madre por una señora que venía mucho a verla. Ella me contestó: es mi abogada, tú padre y yo estamos separados. Yo no entendía cómo se podía estar separado de alguien viviendo a su lado, pero no hice más preguntas. Quizás aún tenía fresca en la memoria la vez que le pregunté: ¿mamá, a que el Ratoncito Pérez no existe? Y su respuesta fue: Pues no. Ve acostumbrándote. Estoy convencida de que no lo hacía con mala intención, pero su manera de responder  era siempre tajante y directa. Unos meses después, mi hermano me obligó a levantarme la madrugada de la víspera de Reyes. Él quería saber, pero no solo. Yo tenía mucho miedo, me imaginaba un Gaspar muy rubio, tremendamente barbudo y con una corona dorada y deslumbrante. Es similar a cuando admiras a un escritor o a un cantante y pasas horas disfrutando su trabajo, pero si lo tuvieras delante quizás el vértigo te paralizaría y no podrías emitir palabra alguna, se llama timidez, supongo. Tenía tanta fe en su existencia que estaba convencida de haber visto esa corona cuando miraba por la mirilla de la puerta de mi habitación. El pomo era dorado y mi mente infantil lo confundiría. Nada más salir del cuarto vimos a mi hermana llevando en alto una caja de una muñeca que yo me había pedido. ¡Mira! Le dije a mi hermano. Yolanda les está ayudando. La cara de burla, pena y condescendencia con la que me miró ese niño de apenas ocho años no creo que la olvide nunca.

Era momento de recapitular; mis padres habían resultado no ser el matrimonio que yo pensaba y los seres amables que en ocasiones me traían regalos no existían. Al menos, pensé, vivo en una casa enorme en la que me divierto mucho jugando al escondite, con una inmensa biblioteca y también dispone de un patio interior con columpios, plantas, animales y juguetes donde paso muchas horas jugando sola y con mis amigas. Me fui a dormir feliz, arropada por un auto consuelo improvisado pero eficaz, y a la vez efímero sin yo saberlo,  pues  una madrugada no muy distante de aquella noche, mi madre nos metería en su Ford Fiesta dorado y huiríamos de esa idílica vida para siempre.

Las gafas del señor Cagliostro.


En el pasado, siempre que alguien me parecía mínimamente inteligente o culto le preguntaba si había leído mi libro preferido: ‘Las gafas del señor Cagliostro’ de Harry Stephen Keeler. Era una especie de absurda prueba para valorar si esa persona era digna de conocer o no. Nadie me respondió que sí, pero él hizo algo inaudito  que fue pedírmelo para leerlo. Lo leía de noche y durante las tardes de verano lo comentábamos. A Rubén lo conocí cuatro veranos antes de esas tardes calurosas de nuestro particular club de lectura. Mi madre volvió a cambiarnos el lugar de veraneo otro año más sin avisar. Recuerdo estar sentada en el balcón del apartamento mirando a las niñas tirándose a la piscina mientras decían un nombre de chica. Más adelante me contaron que el extraño juego iba por mí, consistía en decir nombres al azar y si me levantaba y las miraba, significaba que lo habían adivinado y así sería más fácil hacerse mis amigas con la finalidad de conocer a mi hermano que les gustaba. Yo congenié bastante con mi vecina y cuando subíamos a las 12:30h o 1:00h de la madrugada, que era la hora tope que nos dejaban estar, continuábamos la conversación en el balcón. Una noche nos pasábamos una notita de balcón a balcón con una pinza de madera de tender la ropa. Nos hacíamos preguntas y las contestábamos escribiendo con un bolígrafo. Era bastante divertido hasta que se nos cayó el papel abajo, justo en la zona de la piscina, precisamente donde, en unas horas, se reunirían todos nuestros amigos y conocidos. Nos miramos horrorizadas sin apenas distinguir nuestros rostros debido a la oscuridad de la noche. Era totalmente inconcebible que alguien leyera ese papel, ya que habíamos depositado en él nuestros secretos más íntimos, aunque a los quince años se tratara de poner una lista de los chicos que nos gustaban y qué podíamos hacer para que se fijaran en nosotras. Entre ellos estaba Rubén y él no podía enterarse bajo ningún concepto. Entonces decidimos pasar toda la noche en vela y a las 7:00 de la mañana en cuánto el conserje abriera las puertas de las instalaciones para limpiarlas, colarnos y recuperar la hoja de papel cuadriculado. Y eso hicimos, les dijimos a nuestras madres que íbamos a por el pan. Se nos ocurrió llamar a todos nuestros amigos para que nos acompañaran. Sólo había una panadería en los alrededores y estaba bastante lejos. Era una tarea tediosa que no gustaba a los padres por lo que nos la encomendaban y nosotros la hacíamos de mala gana. Excepto ese día, yo fui a llamar a Rubén, por el interfono. Y cuando su madre contestó sin poder disimular un deje de extrañeza en  la voz, yo le solté el típico:-¡¡¿Baja Rubén?!! A los pocos minutos lo vi aparecer con la cara llena de sueño, ojos entornados y una sonrisa. Movía la bolsa del pan mientras me decía: -Estaba soñando contigo y de repente he escuchado tu voz. De pronto, imaginé la escena. Él durmiendo plácidamente y yo interrumpiendo su descanso con mi voz infantil. Valga decir que antiguamente los telefonillos eran de esos planos atornillados a la pared con varios botones y no disponían de un teléfono físico para dotar de algo de privacidad el mensaje sino que se escuchaba en toda la casa. Yo le contesté: -¡Qué horror!, ¿no? Siento haberte despertado. Y le conté lo de la noche anterior. Él se río y me dijo que no le había molestado sino todo lo contrario, le había gustado despertarse así. 

Cuatro veranos después él me dijo que le gustaba, que siempre le había gustado pero le dolía dejar a su novia de siempre. El verano siguiente me dejó a mí, pero el libro se lo llevó. Mi hermana mayor, que decía que era suyo se enfadó mucho. Y yo se lo tuve que pedir. Él decía que me lo había devuelto, pero yo no lo tenía. Entonces se dedicó a buscarlo sin descanso hasta que lo encontró. No era fácil ya que era un ejemplar raro, ahora que se ha reeditado ya se puede comprar tranquilamente.

Estando una tarde en casa de mi hermana, nos dijo que se había juntado con dos ejemplares del libro y que si lo queríamos. Mi hermano contestó inmediatamente que ya se había comprado uno por internet. Yo me quedé mirando el libro, y por un instante creí verlo a él sentado en un banquito de madera, contándome el capítulo que había leído. Pensé que sería algo así como una broma de mal gusto quedármelo yo. Entonces noté varias miradas clavadas en mí y el silencio expectante y denso que suele aparecer después de realizar una pregunta que se tarda en contestar. Bueno, ¿entonces te lo quedas tú, verdad? Este es el libro que Rubén te consiguió con tanto esfuerzo. Estiré la mano y cogí el libro. No me había vuelto a acordar de él hasta el otro día que buscando otros libros se me cayó al suelo, lo recogí, lo miré y no sentí nada, excepto ganas de volver a introducirme en la delirante historia que me atrapó siendo una niña.